La imagen

En la era en la que vivimos, nada es real si antes no es confirmado por la TV, es decir un suceso no cobra importancia menos que los medio de comunicación lo conviertan en la “noticia del día”, de acuerdo con Verdú, la vida se convierte en un espectáculo, en el que si no es grabado no existió o no fue relevante. Incluso se pierden los límites entre lo real y lo que no lo es; lo ficticio pasa a suplantar a la realidad para engalanarla. Pero ésta nueva realidad que se convalida en la pantalla se encuentra maquillada de tal forma que no pueda ser tan real como para ser dolorosa o inafrontable, y así como la muerte es negada en el capitalismo de ficción, lo catastrófico se disipa con cortes comerciales o noticias amenas.
La confusión entre lo real y lo que no lo es llega hasta el punto en que la opinión de un personaje, que no existe más que dentro de una serie de televisión, es tan importante como la de cualquier ciudadano o político real y se toma con la misma seriedad, en éste punto se puede ver claramente a la ficción convirtiéndose en realidad.
Con base a éste texto, entonces, existen tres etapas por las que ha pasado nuestro entorno, el primer entorno era natural, seguido del segundo entorno, el cultural y social caracterizado por sus pueblos y ciudades y finalmente el tercer entorno en el que los medios de comunicación seleccionan lo real y la ficción.
Otra forma en que el capitalismo de ficción nos envuelve en esta irrealidad es a través de las marcas que usamos, pues éstas no solo nos venden un producto para vestirnos o para facilitar nuestra vida, sino que no venden un estilo de vida, una ideología. Las marcas nos brindan la ilusión de ser nosotros mismos, únicos y originales siendo parte de ellas.
 Así como la ficción supera la realidad, la marca supera al producto también, puesto que actualmente compramos un refresco, sino que compramos Coca-Cola, quien nos vende felicidad para compartir con los que queremos. La marca llega a obtener tal importancia por sobre el producto, que ya no importa que es el objeto que se venda o la calidad de éste, siempre y cuando sea de la marca correcta o reconocida. Y al igual que el resto de las cosas, las marcas también existen gracias a que aparecen en pantalla, siendo usadas por nuestros personajes favoritos.
Además del espectáculo en el que se ha convertido nuestra vida, también lo que antes era una representación histórica o una fuente de conocimiento cultural, pasa a convertirse en una forma más de espectáculo, cuya función principal es darle un papel protagonista a la ciudad con el museo más llamativo, aquel que posea una arquitectura extravagante o una colección excesivamente cara de algún diseñador famoso. El costo de las piezas que se exhiben ya no es un misterio, ahora están al alcance de aquel que posea millones de dólares para obtener la exclusividad que estas piezas te brindan. No obstante, la forma en que los museos se consolidan en el capitalismo de ficción es por medio de los suvenires, así como de las grandes celebraciones que una persona importante, o destacada en la ciudad, puede ofrecer.
Como podemos notar, el museo pasa a ser otra forma de placer infinito, otro parque de diversiones, dejando de lado sus reglas fundamentales, pues éstas dejaron de ser atractivas para sus consumidores.

De igual forma, así como los museos han abandonado el objetivo de culturalizar, el artista ha dejado de lado el objetivo de crear obras de arte invaluables, ahora quien se considera ser un artista es aquel con la mayor cantidad de ganancias monetarias, para lo que es necesario saber lo que le será interesante a su público, es decir crean con el fin de vender y no de expresar las ideas del artista. Ya no existe un esfuerzo por hacer cosas nuevas, sino más bien se presenta lo que ya existe pero de forma más atractiva y se presenta como nuevo de manera repetida.

Referencia: Verdú, V. (2003) La imagen en EL ESTILO DEL MUNDO. Barcelona, Anagrama 113-155.

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